Querido Pastelero:
Quería decirte que te entiendo. Yo era muy chiquita cuando miraba la serie, pero recuerdo claramente que simpatizaba con tu causa. Querías ser el mejor pastelero del mundo y para eso tenías que destruir a Frutillita. Bueno, en realidad no eras tan malo, no querías destruirla a ella sino a sus creaciones gastronómicas. Tus maldades no pasaban de arruinar una cosecha de frutas o cosas por el estilo. Y mirá que yo era una infante, pero Frutillita me caía muy mal. No sé si eran las medias a rayas, el nombre cargoso, la música o qué, pero ella y sus amigas me resultaban bien pelotudas. Me parecía muy injusto que nunca pudieras ganar los concursos de pastelería. ¡Yo quería que ganaras, al menos una vez! Estaba segura de que te hubieras vuelto bueno de haber podido. En el fondo, eras sólo un perdedor.
Además, con tu figurita logré completar el álbum y canjearlo por una espantosa lapicera con agua y brillantina en el Cromy Club. La lapicera la perdí a los cinco minutos, y si hoy tuviera el álbum podría venderlo por una fortuna a los coleccionistas freak de Mercado Libre. Como verás, tu admiradora es tan looser como vos.
Te escribo esta carta para que sepas que tenés el gran honor de ser el primer villano animado al que aplaudí. El segundo fue Jareth, el Rey de los Gnomos en Laberinto (pero no era un dibujo, sino David Bowie maquillado). No sé porqué, pero cuando era chica siempre hinchaba por los malos. Quizá tenga que ver con que los comprendía, o tal vez porque me portaba demasiado bien y en realidad quería ser mala.
Me pregunto cómo te encontrará la vejez ahora. No recuerdo el final de la serie -de hecho sólo retuve imágenes sueltas-. Quise ver videos tuyos en YotuTube pero la vocecita de tu archienemiga me resulta más intolerable que antes, así que no pude ver ninguno por más de 20 segundos. Espero que seas feliz comiendo pasteles, y que al fin hayas alcanzado la paz.
Con amor,
Natalia

