11.15.2011

Leyendo: Los Años Felices

Tenía esta sección abandonada. Para los nuevos: yo les cuento qué libro estoy leyendo y ustedes me cuentan lo mismo. Después compartimos recomendaciones.

"Los años felices" es la primera novela de Sebastián Robles, guionista y productor radial.  Pertenece a la Colección Potlach, una serie de libros que versan sobre la década del noventa. 


Primero y principal: me estoy divirtiendo mucho con esta novela. Eso ya amerita leerla. 


Divertida y melancólica, describe una década desde la mirada de un adolescente de Villa Ballester. Para quienes vivimos una época en la que Argentina mutaba y se disolvía, es una lectura fabulosa. Aquellos que vengan después podrán encontrar un cuadro de los noventa tan personal como preciso. Como quien dice, pinta tu aldea y pintarás el mundo. O escribe un blog, en este caso. ("Los años felices" nació en Internet, y después se fue al papel)


Me voy a tomar la libertad de copiar el capítulo 23, a modo de teaser. Antes les paso el dato de dónde conseguirla: puntos de venta. 

En Villa Ballester había una estación de tren. Cuando yo era chico era un lugar de borrachos, delincuentes y vagos. Después lo enrejaron todo. Cerraron los bares de mala muerte, abrieron nuevas boleterías, pintaron un poco. Lo habían privatizado. El problema era que antes, al tren no lo gestionaba nadie (o sea: el Estado), y ahora lo hacían unos señores muy ávidos de ganancias, que iban a cuidar de él porque se había transformado en algo casi propio.

Yo me lo tomaba para ir al centro. Me bajaba en Retiro, desde donde me tomaba el subte para ir al cine, porque en Ballester la única sala se había transformado en una sucursal de alguna iglesia evangelista, bien al comienzo de los noventa. La primera vez repartieron un librito con los horarios del tren. Yo perdí el mío y a partir de entonces pregunté, durante años, en diferentes oficinas y boleterías en todas las estaciones por las que pasé, pero nunca volví a conseguirlo. El librito se transformó en un incunable, como las primeras ediciones del Quijote o de la Biblia.

Era la línea Mitre, Retiro-Suárez. Renovaron los vagones y los pintaron de otro color. Quitaron el vagón fumador. Pusieron asientos de plástico, porque los de cuerina verde con relleno siempre terminaban a la miseria. Los guardas controlaban cada tanto que uno tuviera el boleto. En la época de Ferrocarriles Argentinos era muy fácil colarse. En los comienzos de TBA, no tanto.

Después me enteré de que las líneas de trenes se habían modernizado en todo el conurbano. Y las que iban al interior, las cerraron. Sólo quedaba el de Mar del Plata, que me tomé un par de veces para ir de vacaciones con Diego y Hernán. El tren era la constante entre Ballester y capital, Tigre y capital, e innumerables combinaciones que no se me ocurren en este momento. Era –sigue siendo– algo en común: en todas partes, en el conurbano bonaerense, hay una estación de tren.

Los vendedores ambulantes empezaron de a poco. Al principio era raro encontrarse con alguno. Después se transformaron en personajes habituales. Cuando uno hacía siempre el mismo trayecto y en los mismos horarios, se terminaba acostumbrando a las caras. Estaba el que vendía marcadores, el que repartía estampitas de la virgen, los que repartían flores. Entonces, quizás, le daba por inventarles nombres, o imaginar una mafia de vendedores ambulantes que muelen a palos a los nuevos, algo sin dudas bastante probable. Uno nunca sabía bien por qué las ruedas aceitosas y oscuras del tren estaban manchadas con sangre.

En las estaciones, los alambrados nuevos se fueron oxidando. La iluminación se arruinaba y no la arreglaban. La suciedad aumentaba. En el programa “El otro lado”, Polo entrevistaba a un maquinista que le contaba de los suicidios. Lo peor, decía el tipo, era que él los veía unos segundos antes, y no podía hacer nada para que el tren se detuviera a tiempo. Unos meses después, Polo se suicidaba en las vías del tren.

La primera vez que el tren se quedó parado entre dos estaciones porque alguien se había suicidado, yo me angustié. ¿Quién era el muerto? ¿Por qué había saltado? Pero después se fue transformando en costumbre. Esa inquietud pasó a un segundo plano. Al final siempre llegaba tarde.

En algunos trayectos, entre estaciones, volaban piedras desde los costados. A mí me gustaba el tren, con su aire de progreso gris y deterioro suburbano. Fue el que me tomé para ir al centro, a lo de mis tíos, más adelante a la facultad. Y fue el que me tomé para ir a visitarla a Vero cuando me llamó, dos días antes de Navidad, para decirme que tal vez estaba embarazada.


5 comentarios:

Marie dijo...

yo me compré los tomos que faltaban para la colección de Puck, unos libros que marcaron mi infancia, sobre una jovencita danesa en un internado, y los voy leyendo uno tras otro mientras doy la teta
son 29, voy por el 12

principe kalender dijo...

Estoy leyendo "antes del fin" de ese viejo maravilloso de ernesto sabato. Me emociona su rigorosidad y sentido moral, su etica y la coherencia de una vida que se entrega.

Natalia Alabel dijo...

Marie: tendría que darle otra oportunidad a Puck, leí 3 páginas de uno de los libros y abandoné.

Kalender: tu descripción es muy válida, pero a mí no me gustó "Antes del fin", es re depre.

Natalia Alabel dijo...

Se dan cuenta? En la foto estoy igual a mi avatar!

Anónimo dijo...

parece que promete tu libro. La década del 90 da para mucho no? lo voy a conseguir