8.28.2008

Los insectos y sus nombres

Desde que me mudé, ya aparecieron en mi habitación tres vaquitas de San Antonio, en menos de tres meses. Considero que es una proporción alta, y me gusta pensar que son signo de buena suerte. En contraposición, los albañiles hoy descubrieron un nido de cucarachas en el lavadero, y yo casi pierdo la conciencia.

Las odio, les temo, me hacen llorar. Vean el nombre: cucaracha. Es horrendo. Nada lindo puede salir de algo llamado con ches y erres y kus y kas, imposible.


Supe trabajar en un centro de estética, como depiladora. Las máquinas de cera, tibias, atraían a las cucarachas durante las noches. Al abrir el local por las mañanas, lo primero que hacía era salir de cacería. Con un insecticida, por supuesto. No puedo matarlas con una escoba y muchísimo menos de un pisotón. Puedo llegar a morir del horror de escuchar el sonido que hacen al reventar. Duré un mes en ese lugar, puesto que el dueño era tan tacaño que no quería llamar al fumigador bajo ningún punto de vista.

Renuncié al día siguiente de ver cómo una pelirroja tamaño camión le caminaba a mi jefa por el hombro. Y estaba usando musculosa.


Ahora encuentro vaquitas de San Antonio, a lo mejor para compensar la estadía en el centro de estética. Vaquita es un diminutivo adorable. ¿Cómo no van a ser mejores que las cucarachas, que ni siquiera tienen santo que las acompañe?

8.27.2008

Breve y musical

A veces trato de describir canciones evitando utilizar términos musicales.

Una canción puede ser amarilla, torcida, estrecha, o parecerse a algo. Digamos, por ejemplo, que Sao Paulo es dorada y se parece a una pareja que dándose un beso húmedo. O que todo OK Computer tiene paredes descascaradas. O The girl in the other room: un pulóver azul de buena calidad, gastado por el uso. Vístanse con ese pulóver, prometo que les va a quedar bien.



8.21.2008

Juegos de Palabras III: Pequeño roedor, cuatro letras

Existen palabras que nos traen recuerdos, vivencias, reacciones inmediatas. Cada quien sabe o intuye cuáles son sus palabras especiales. Pero no sé si todos tienen una palabra secreta para reír. En mi familia las llamamos “resortes”.

El resorte es una palabra que automáticamente genera risa, sin ninguna razón ni lógica aparente. Las causas por las que el resorte hace reír, no voy a intentar devanarlas aquí. Sospecho que nadie tiene el mismo resorte: es único, como el ADN, o la forma en que nos ponemos las medias.


El de mi hermana Daniela es la palabra “oruga”. Así como lo oyen, una palabra común y corriente, para nada graciosa o simpática (como sí lo son “cháchara” o “tentempié”). Pero uno puede ir en medio de la reunión más seria y decirle a mi hermana:

-Che, Dani.

-¿Qué?

-Oruga.

Basta eso para que mi hermana se desternille de risa y quede como una estúpida delante de cualquiera.


(Sé que esto suena absurdo. Y no, no me doy con paco, ni me pregunten.)


Cuando descubrimos esto, al principio temimos que los resortes pudieran gastarse. Como un chiste o una canción, que por mucho que nos gusten, si se repiten treinta veces pierden gracia. Pero no, el resorte no se gasta, es asombroso. Descubrí el mío hace más de un año y sigue surtiendo efecto. De hecho, mi hermana lo ha grabado en mi celular como su ringtone identificador:


-¡Cuis! ¡Cuis!... ¡Cuis! jeje, Natalia, te estás riendo sola como una boluda en la calle... ¡Cuis!


Soy conciente de que puedo perder el respeto de algunos comentaristas al confesar algo tan ridículo. Pero lo hago por una causa importantísima: sostengo que es indispensable que cada uno conozca su resorte. Y más importante aún, deben conocerlo una o dos personas muy allegadas, para que puedan usarlo y alegrarnos la tarde.

Al fin y al cabo, para eso sirve.

8.13.2008

Las letras y la tristeza

Cuando estoy triste no escribo bien. Me sale mal, las frases son feas, predecibles y aburridas. -En este momento el lector dirá: “Cuando está contenta no se nota la diferencia”.-
Pero así es. Si estoy deprimida, preocupada, nerviosa, sólo me salen frases oscuras, breves y patéticas.
Procedo a ilustrar con un ejemplo de Mayo 2008:

“Estoy deprimida. Muy. Veo la casa y las porquerías que le hicieron, empeorarla en lugar de mejorarla, y me deprimo. Me deprime mi empleo. Me deprime tener poca plata. Me deprime…”

Como el lector ya habrá adivinado, todo el texto es un largo, pretencioso y aburrido catálogo de situaciones precedidas por un “me deprime”.
He intentado paliar la falta de ideas y el desánimo tecladoril con diversos métodos. Escribir borracha fue uno de ellos.

“Al depresion es beñña. Bella. Porque estams en el fondo, en el fonddo de nuestro propioser---cara ca cara con nosotros misnos y la inm,ensidad…de la inmensidad…”

Despejando las faltas ortográficas se advierte un texto repetitivo, trillado, y con una leve pretensión pseudopoética.

Todo esto viene a que, en más de una ocasión, (e incluso en este mismo espacio) me han dicho que la tristeza ayuda a crear.

Pero yo sospecho que es ligeramente distinto. Crear echa la tristeza afuera. Sin ir más lejos, cuando empecé este texto estaba de pésimo humor, y ahora me siento mucho mejor.