-Dani, dormite.
-No.
-Daniela, dejá el oso y dormite.
-No tengo sueño.
-¡Bostezaste toda la cena!
-Mentira. ¡Mentiroso!
-Tu padre no es ningún mentiroso y vos tenés que dormirte.
-Sí, sos un mentiroso.
Daniela tiene cuatro años y un gusto precoz por las discusiones. Luis tiene cuarenta y las discusiones no le gustan nada. Sobre todo las que tiene con su mujer. Se deja derrotar fácilmente y se sienta al borde de la cama de su hija.
-Sos un mentiroso, sos un mentiroso.
Luis detecta ecos de reclamos maternos. Daniela saborea el cantito sin saber qué es saborear una frase, pero Luis intuye que el pequeño monstruo espera la contra, y así evitar el momento de dormirse. Se asombra de la inteligencia de los críos y se pregunta porqué uno se estupidiza de adulto.
-¿porqué el glucotrin no es obligatorio como la triple viral?
El suspiro en voz alta alarma a la nena, que ha recibido la vacuna el día anterior.
-¿qué es glucolin?
-El Glucotrin se lo dan a los bebés para que se duerman. Y el glucolin es la sustancia de la cual están hechos los duendes.
Luis mira a su hija esperando que acepte el desafío. No tenía ganas de contar un cuento, pero dada la obstinación de la nena en no dormirse, decide recurrir a una estratagema probada y reconocidamente eficiente.
Daniela se aferra al oso de peluche.
-No hay duendes…
El reclamo huele cansino y Luis siente una victoria cercana.
-Sí hay, Daniela, ¿por qué pensás que mamá siempre pierde los anteojos? Se lo sacan los duendes.
-¿puedo tener un duende?
Luis sonríe y recuerda aquello de morder el anzuelo.
-Bueno, había una vez alguien que tuvo uno. Era una nena muy linda que se llamaba Dan…
-¡Wendy!
-Wendy es la de Peter Pan…
-¡¡No!! La nena que tenía el duende se llamaba Wendy. ¿Cómo se llamaba el duende?
En segundos Luis descarta las opciones básicas: Duendecín, Florecita, variantes de Shrek y las siete versiones de Blancanieves. Recuerda el suplemento económico del diario.
-El duende se llamaba Merval.
Sorprendentemente Wendy tenía sólo cuatro años y se parecía a Daniela. Vivía en un lugar con el nombre, ridículo a oídos de Luis, de “Ciudad del Jardín”. Wendy no iba al jardín de infantes y pasaba todo el día jugando con un ejército de osos de peluche. Los osos obedecían las órdenes de Wendy y la cuidaban, porque Wendy no tenía papás (en este punto Luis se estremece ante las directivas de su hija). Un día, apareció en la casa rodante de Wendy un duende. Con un sospechoso acento cordobés, el duende, que se llamaba Merval, le pidió a Wendy un vaso de agua. Ella lo hizo pasar y le dio un vaso de agua. El duende pidió otro, Wendy se lo dio. Y pidió otro, y otro, hasta que se tomó cien vasos de agua. Wendy le preguntó porqué tenía tanta sed, y Merval le contestó que era porque le faltaba glucolin. Un globo malvado llamado Garra se lo había robado, para inflarse, inflarse, inflarse hasta el cielo. Entonces Wendy le propuso ir a reventar el globo y recuperar el glucolin del duende para que no tuviera más sed.
Daniela bosteza y pregunta con los ojos cerrados.
-¿dónde está el globo malo?
-eemh, eso lo tienen que investigar. No saben.
-sí que saben.
Luis se pregunta cómo puede cuestionar aun estando dormida y concluye que se parece a la madre.
-bueno, lo saben, pero queda muy lejos…en la Patagonia, queda. Tienen que atravesar desiertos, y nieve, y montar ovejas y abejas.
El oso de peluche, abandonado por el fuerte abrazo, cae al piso. Luis lo levanta y lo acomoda cerca de la nena dormida, aliviado ante la batalla ganada. Sabe que mañana habrá una igual, y espera que a su hija no se le ocurra pedir un serial por entregas.